lunes, 26 de noviembre de 2012

Ya no hubo un encuentro más.

Las estaciones de tren siempre traen bienvenidas y despedidas. Reencuentros y partidas. Pero esta vez no se trata ni tan siquiera de un hasta pronto, fue y es un adiós. Sin saberlo su final estaba sellado en ese último beso, en esa última sonrisa, en esa puerta de tren que se cerraba a su espalda. En esa vía que marcó la distancia y el final.
Quién les iba a decir que jamás volverían a mirarse con los mismos ojos, ilusos ilusionados. Él en el tren, ella en la estación.
Brillaba el sol en aquel espléndido día de verano. Y contemplando los trenes que llegaban esperaba en el andén, como de costumbre, ansiosa y nerviosa, pobre desgraciada. Una larga espera que concluía en un cálido abrazo, en un último reencuentro. Se perdieron por las calles, pero qué poco les importaba caminar bajo ese sol cegador. Y qué simple y sencillo les resultaba estar tumbados en el césped, perdidos en el tiempo, sin tan siquiera sospechar lo que se avecinaba allá, no demasiado lejos. Qué curioso es el tiempo, cómo juega con nosotros convirtiendo las horas en minutos fugaces y los minutos en horas eternas. Efímero cuando más queremos que perdure.
Cuán horrible es la palabra adiós y cuán más es tener que decirla. Adiós implica final, ¿no da miedo? "Nos veremos pronto", pero no volvieron a verse igual. Sentenciados en ese último contacto, en ese último guiño de ojos. Ni siquiera esperó a que el tren cerrará definitivamente sus puertas, ni siquiera contempló como se alejaba. Se giró y caminó por el andén sin volver ni un segundo la vista atrás, tal vez debió haberlo hecho.
No ha vuelto a caminar por esa estación, aunque sin duda volverá a hacerlo. Manchando de esta manera el recuerdo impoluto de una una bienvenida, de un día por la ciudad, de una inocente despedida.

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